From The Bar To The Farm

Esto no es la típica historia sobre la reinvención de un grupo de personas durante la cuarentena del 2020…

Creo que no es necesario ahondar en los motivos por los cuales un día decidimos coger nuestras pertenencias más esenciales, meterlas en una maleta y mudarnos; en mi caso: un par de libros, ropa cómoda y una cobija. Hay una mezcla de sentimientos que sentí durante las semanas previas a mudarnos el eje cafetero: expectativa, temor, esperanza, incertidumbre, valentía… y una ansiedad inmensa.

Se preguntarán porqué les escribo esto, pues la razón es sencilla: puedo contar la historia de cómo Alquímico se mudó a una finca y tener un cuento de hadas de reinvención y superación, pero pues esa no soy yo; lo que van a leer a continuación serán vivencias enriquecedoras, pensamientos no tan positivos, situaciones retadoras y sentimientos ambivalentes. Teniendo en cuenta lo anterior, para poder contar la historia de From The Bar To The Farm, debo contar la mía.

Un poco de contexto: Cartagena fue la primera ciudad en sufrir las afectaciones de este virus, y un par de semanas después, el resto del país estaba en cuarentena total a finales de marzo. Al inicio comenzamos a cumplir nuestros periodos de vacaciones para que los ingresos no se vieran afectados por el cierre. Luego cuando el tiempo de estar en casa se alargó, se dio inicio a capacitaciones por medio de videollamadas; honestamente disfruté mucho esta etapa porque me gusta leer y estudiar y a veces en mi rutina diaria el tiempo que le dedico a esto es muy poco.

Llevábamos unas semanas de capacitaciones, cuando la conversación “esperada” llegó a finales de abril, la cuarentena iba para laaargo, y ya no nos podían seguir pagando nuestros salarios. Era de esperarse, aunque no puedo negar que sentí pánico. Pero la noticia venía con una solución: mudarnos a la finca y trabajar el campo, aprendiendo todo lo relacionado a una finca.

Larga historia corta: nos dieron la opción de mudarnos al eje cafetero, muchos dijimos que si; se debían tramitar permisos y coordinar transporte; empacar todas las cosas que no íbamos a llevar y dejarlas guardadas porque siempre tuvimos en mente volver. Salimos el 15 de mayo en un viaje de 18 horas (¡Oh! Sorpresa… se convirtieron en 27,5). Inicialmente llegamos a un hotel porque la casa en la finca donde íbamos a vivir no estaba lista.

Lo anterior ocurrió en un lapso de casi tres semanas, el primer día que fuimos a la finca nos recogieron en un “Willys”; para los que no saben qué es: es un carro todoterreno muy común en la zona centro del país debido al tipo de geografía y que como decimos “son carritos muy agradecidos” ya que con el correcto uso y mantenimiento duran mucho tiempo y no consumen tanto combustible; además con el pasar de los años ya hace parte de la cultura y paisaje de la región. No se imaginan la emoción de algunos cuando se montaron en ese carro y ésta sólo aumentó cuando vieron el paisaje. Yo no entendía la emoción y la admiración que ellos estaban expresando. Le pregunté a Juan y me dijo que él nunca había montado en un carrito de esos, tanto me sorprendió que le pregunté ¿vos nunca has ido a una finca?, él me dice que sí pero en la costa.

Claro… olvidé contarles que en Alquímico todos somos de diferentes partes del mundo y que eso también nos ha ayudado a ser el equipo que somos. Yo soy de Medellín, mis compañeros son de Cali, Cartagena, Bogotá, Cúcuta, Venezuela, Francia… y aunque la mayoría somos de Colombia, ustedes no se imaginan lo diferente que es la cultura en cada región del país.

Cuando Juan me contestó así, yo me quedé confundida, tomó una conversación larga para darme cuenta que “irse” de finca significan cosas diferentes para todos.

Para mi, era eso: ir a un pueblito en bus, llegar al parque central y contratar un Willys para que te lleve durante casi una hora a una casa entre las montañas… y cómo desde niña ese es el plan típico en mi región del país, pues el paisaje para mi era hermoso pero algo que veía muy seguido. ¿Que lo extrañaba? ¡si claro! Después de casi tres años viviendo en Cartagena, me dio nostalgia volver a hacer esos parches de infancia.

Aparte, ya no era la única con el acento diferente que aunque puede ser una trivialidad, en ese momento de cambios drásticos en corto tiempo, volver a un lugar donde hablan igual que vos, se sintió bien.

Nuestra primera impresión de la finca descrito brevemente: brutal, espectacular, que bonitos los conejos, están hermosos los caballos, ¡ay ve! Hay marranitos y gallinas, vamos a jugar con Tampico (que en realidad es Tampica) y Machete, ¡¡esto es gigante!!, ¿esa es la construcción que va a ser nuestra casa? Vamos a caminar para conocer más… (yo sé que quieren más detalles pero denme crédito, son muchas cosas para escribir y no quiero que esta entrada se haga eterna).

Como al otro día ya empezábamos a trabajar “normal” entonces nos fuimos temprano para el hotel porque la levantada era muy a las 6 am, ustedes dirán “ay pero la mayoría de los colombianos se levantan más temprano” pero tengan en cuenta que estoy hablando de gente que trabaja en un bar y que muchas veces esa es la hora en la que uno se va a dormir.

El primer día nos pidieron escoger un grupo: construcción o agricultura.

Yo escogí agricultura, en parte porque quería estar afuera en el campo y también porque el jefe de la obra no me agradó a la primera… A veces los paisas somos muy tercos, pero eso es otra historia.

Conocí a Orlando, el capataz de la finca y a Andrés, el agrónomo. Ambos son muy tesos y nos enseñaron muchísimas cosas y creo que no fue ni la punta del iceberg para todo el conocimiento que tienen; con el tiempo conocimos al papá de Andres, Don Guillermo y en una palabra: ¡wow! No le haría honor con palabras a lo que es ese Señor.

Poco a poco nos fuimos habituando a las madrugadas, a dormir temprano (imaginen un bartender con sueño a las 7 de la noche…), a la dieta vegetariana, a convivir 24/7, a hacer deporte, y obvio, a vivir de acuerdo a las nuevas normas de bioseguridad.

Cuando tienes una finca de 10 hectáreas, el trabajo nunca acaba y las horas no son suficientes, mientras unos preparaban la tierra para luego sembrar, otros iban a recoger guadua para usar en las construcciones; por lejos este fue el trabajo más pesado y retador porque puede llegar a ser mortal, pero los chicos lograron hacerlo y súper bien.

Con la guadua se construyó un techo para proteger de la lluvia el compostaje que íbamos a aprender a hacer pero antes, los ingredientes: miel, agua, salvado, cascarilla de arroz, cal, melaza, levadura, hojas secas trituradas, tierra y el más difícil, la gallinaza… es, literalmente, el excremento de las gallinas. En la finca hay gallinas pero nosotros necesitábamos cantidades absurdas de este ingrediente por lo que se le compró a una finca vecina; y así es como funciona nuestro sistema de integración con la comunidad, en la que se le compra directamente al proveedor y eliminamos intermediarios.

Cuando llegó la gallinaza, se debía descargar ¿adivinen a quién le tocó ese trabajo?, como los bultos eran tan pesados fue una tarea que hicieron los chicos, algo nada agradable.

En Alquímico manejamos los cultivos rotativos que son más amables con el planeta, sembramos en un mismo terreno diferentes productos que aportan gran variedad de nutrientes, tanto al suelo como a ellos mismos. Sembramos lechuga, zucchini, pepino, tomate, romero, rúcula, frijoles, yuca, plátano, repollo, cebolla, albahaca… en fin, muchisimas cosas, y lo mejor de todo: eso mismo que sembramos en un par de semanas era lo que hacía parte de nuestra comida; definitivamente no puedes decir todos los días que lo que estás comiendo lo sembraste vos mismo.

Aparte de utilizar el bokashi para nuestros cultivos, también lo destinamos a una de las labores más importantes para nosotros: la reforestación; cuatro hectáreas de nuestra granja son exclusivas para plantar árboles nativos de la región. Se había iniciado con la primera etapa en la que se sembraron 150 árboles, pero esos los sembraron Orlando y Andres. La segunda etapa consta de sembrar 1200, en la que inicialmente se sembraron 300 y esta coincidió con nuestra llegada (una bienvenida singular), aquí sí participamos todos los recién llegados.

Adicional a esto, iniciamos otro proyecto: el café. Para esto tuvimos que limpiar un terreno de 8.000 m², aquí arrancamos árboles viejos desde la raíz… por eso les decía que empezamos a hacer ejercicio, jamás imaginé que haría algo así. Con el primero me demoré casi 20 minutos, me ayudaron al final porque ya no podía más, pero con el pasar de los días nos dimos cuenta que se podían arrancar en menos de dos minutos y la labor se hacía entre dos personas… no hay mejor lección para el trabajo en equipo.   

Alquímico tiene como meta eliminar los azúcares refinados y reemplazarlos por edulcorantes naturales, que sean producidos por pequeñas y medianas empresas colombianas.

Teniendo en cuenta lo anterior, Yef quería que Alquímico tuviera miel, y pues ahora tenemos nuestras propias abejitas, 130.000 para ser más exactos. Cuando ves una abeja te puedes asustar o seguir normal, pero algo muy diferente es estar ¡entre 130.000! Una experiencia brutal, en serio, sobretodo porque aprendes cómo trabajan, cómo viven, cómo es su organización y te das cuenta de la importancia que tienen; por eso quisimos continuar con nuestro compromiso con la sostenibilidad y mejorar el entorno sembrando especies de plantas de las cuales las abejas puedan obtener su alimento. Adicional a nuestro proyecto de apicultura, queremos destinar parte del terreno a la siembra de caña de azúcar para la producción de panela artesanal.

Debo recalcar que todos estos conocimientos los hemos obtenido a través de empresas de la región y las familias de agricultores que nos han apoyado en el proceso.